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Alabanza y Adoración
 Ministrando a Dios

©1999, Adrián Guadalupe

Derechos Reservados

Compubiblia ©Sociedades Bíblicas Unidas, 1998

Mi esposa y yo parece que tenemos una competencia. Cuando menos, estamos
perpetuamente tratando de complacernos el uno al otro. ¡Ella siempre
gana!... De hecho, la única razón por la que yo me atrevo a competir es
porque aprendí de ella. Cuando éramos novios, ella me había advertido que
nadie podía tomarle la delantera en el amor. Y parece ser cierto porque por
más que lo intento, no logro superarla en demostraciones de cariño. Mi
esposa me ministra.

Ella es dulce, servicial, gentil y amable. Y su sonrisa ilumina al sol.
Tiene una inmensa capacidad para amar. Su amor es tan fuerte que no hay
momento en que yo no me sienta acompañado de el. Constantemente, ella
encuentra maneras de dejarme saber que piensa en mí. Todavía me sorprende su
habilidad para recordar hasta mi más mínimo antojo y su anhelo en esforzarse
por complacerme. Ella interpreta mi silencio, escucha mis suspiros y lee mis
pensamientos. Mi esposa me ministra.

Si yo le traigo flores para sorprenderla, ella me había comprado un
pantalón. Si pensé en impresionarla con un reloj pulsera, ella me maravilla
con un micrófono inalámbrico para cantantes profesionales. Prometí llevarla
al teatro, pues entonces ella consiguió los asientos donde sabía que yo lo
disfrutaría más. Si ofrezco llevarla a cenar, ella quiere ir al lugar donde
yo pueda comer lo que más me agrade. Mi esposa me ministra.

En una ocasión, ella me llamó por teléfono desde la tienda donde había ido a
devolver una mercancía que yo compré y que no sirvió. Como no le podían
devolver el dinero en efectivo, ella quería saber qué me podía traer en
sustitución. Yo me enternecí y quise agradecerle el favor que me estaba
haciendo al decirle que utilizara el dinero para comprar algo que le hiciera
falta a ella. Pues llegó a casa con un par de guantes de invierno para mí
porque se acordó de que yo perdí mis guantes cuando asistí a un evento
deportivo hace más de un año atrás. ¡No puedo con ella!

En la alabanza y adoración sucede algo similar. El objetivo debe ser
complacer a Dios. "Hacedlo todo para la gloria de Dios", dijo Pablo. Ya sea
que cantemos o que dancemos, de pie o de rodillas, con instrumentos de
música o dando palmas, levantando las manos o izando estandartes, saltando o
postrados, en segunda o tercera persona, en lenguas humanas o angelicales,
con gritos de júbilo o en silencio, dando gracias o bendiciendo, en asamblea
o en solitud, con el espíritu o con el entendimiento, la meta debe ser
gustar a Dios y ser gustado por Él. Nuestra intención debe ser ministrar a
Dios.

La palabra ministrar en español, que viene del latín ministrare, está
definida en el Pequeño Larousse, 1993 como dar, suministrar. Tanto el
Larousse como el Diccionario Esencial Santillana definen las palabras
ministro y ministerio dentro del contexto de la política y las posiciones
gubernamentales. Aún cuando las ponen en el contexto de la religión, la
definen en términos de autoridad y jerarquía. En el léxico hispano, un
ministro es una persona de autoridad, un administrador, una persona a cargo.
Yo lamento este uso de la palabra ministerio porque el latín minister, de
donde se deriva el español, realmente significa siervo. Así que en lugar de
ser un gerente, un ministro realmente es un criado.

La palabra en hebreo para ministro y/o ministrar es sharath. Ésta significa
literalmente atender, contribuir a, ministrar a, hacer a, servir, en el
contexto de sirviente, servidor, doméstico o asistente. La Biblia Reina
Valera del 1960 traduce esta palabra de distintas maneras, pero todas vienen
de la misma fuente --sharath. Por eso decimos que Josué era ministro de
Moisés (Ex. 24:13). El malvado Amnón tenía un ministro que le servía (II
Sam. 13:17). Abisag, la sunamita, le ministraba al rey David (I R. 1:1-4,
15). Eliseo era el ministro de Elías (I R. 19:21). David tuvo unas
divisiones especiales en el ejército que le ministraban a él (I Cró. 28:1).
Los que le ministraban al rey Asuero eran sus cortesanos (Est. 2:2) o sus
oficiales (Est. 6:3). Tenemos, entonces, una mejor idea de la intención del
Espíritu Santo cuando escogió la palabra sharath para definir lo que es un
ministro.

Jehová estableció también sus sharath. Éxodo, capítulo 28, nos narra la
selección de Aarón y sus hijos como sacerdotes para ministrarle a Dios (Éx.
28:35). La intención de Dios era que Aarón y sus hijos tuviesen el
sacerdocio por derecho perpetuo (Éx. 29:9). Lamentablemente, los
descendientes de Aarón menospreciaron el privilegio y fueron rechazados como
ministros de Jehová (I Sam. 2:30). Así que Dios anuncia su intención de
establecer un sacerdocio nuevo (I Sam. 2:35). Este sacerdocio nuevo se
prefiguró con el niño Samuel ministrando a Jehová (I Sam. 2:11, 2:18, 3:1,
3:3), se afirmó con el rey David danzando delante de Jehová (II Sam. 6:14,
17-18), se cumplió cuando Jesús lo anunció en la sinagoga de Nazaret (Lc.
4:16-21, Is. 61:1-62:12), y se manifestó en la iglesia del Señor Jesucristo
(Heb. 8:1-2,6;9:11-12; I Ped. 2:9).

Dios estableció un sacerdocio porque desea tener comunión con los hombres.
No me pregunte porqué, pero Dios disfruta nuestra compañía. Desde que se vio
obligado a echarnos del huerto del Edén, Dios ha buscado la forma de
compartir con nosotros de modo que no viole su santidad y su justicia. Para
ésto ha provisto la manera de que podamos acercarnos sin temor, cubriendo
nuestras faltas hasta que seamos perfeccionados y entremos a sus moradas
permanentemente. Dios nos ha ministrado.

La comunión que Dios desea requiere cercanía, convivio, relación
interpersonal, y conversación. No se le puede ministrar a Dios a la
distancia. Samuel dormía en el lugar donde estaba el arca (I Sam. 3:3). Los
sacerdotes se acercaban al altar para ministrar (Ex. 30:20). Dios separó a
los levitas para que estuviesen delante de Jehová para ministrarle y
bendecir en su nombre (Dt. 10:8). Él mismo dice: "se acercarán para
ministrar ante mí, y delante de mí estarán para ofrecerme... entrarán a mi
santuario y se acercarán a mi mesa para servirme" (Eze. 44:15-16). Los
sacerdotes son identificados como "ministros del santuario, que se acercan
para ministrar a Jehová" (Eze. 45:4).

Porque desea convivir con nosotros, fue que Dios se hizo carne y habitó
entre nosotros (Jn. 1:14). Nosotros hemos sidos declarados templo del Dios
viviente porque Dios quiere "habitar y andar entre ellos" (II Cor. 6:16, Lv.
26:12, Ez. 37:27). Dice el salmista:

Bienaventurado el que tú escogieresy atrajeres a ti, para que habite en tus
atrios;seremos saciados del bien de tu casa,de tu santo templo. (Sal. 65:4)

Bienaventurados los que habitan en tu casa;perpetuamente te alabarán. (Sal.
84:4)

El que habita al abrigo del Altísimomorará bajo la sombra del
omnipotente.(Sal. 91:1)

Esto es evidencia del continuo esfuerzo divino por tenernos de compañeros.
Dios quiere llevarnos a su casa para que vivamos con Él. Por eso dijo Jesús,
"En la casa de mi Padre muchas moradas hay" (Jn. 14:2).

En la relación personal hay un intercambio de conocimiento. Cada cual
adquiere más conocimiento de la otra persona. La conocemos y nos damos a
conocer. Intercambiamos vivencias, compartimos experiencias, nos hacemos
copartícipes de las reacciones, crecemos juntos y vamos cambiando hasta
parecernos uno al otro. La Biblia dice que Dios conoce todo acerca de
nosotros (Sal. 139). Así mismo, afirma que Él quiere darse a conocer (Sal.
46:10). Por eso declara que Dios es conocido en alabanza (Sal. 76:1, Judá
significa alabanza ) y hace partícipe de sus bendiciones a quienes lo
conocen y lo alaban (Sal. 36:10, 89:15).

En las relaciones más íntimas existe también un compromiso de exclusividad.
Un acuerdo mutuo de entregarse completamente y tan solamente uno al otro.
Para poder ministrar a Dios debemos aceptar su requisito de exclusividad. No
puede haber otro que compita con Él por nuestro afecto, atención y devoción.
Él exige que lo amemos y le ministremos con todo nuestro ser (Éx. 20:3-5,
Dt. 6:4-9). Ésto mantiene pureza en nuestra motivación cuando nos acercamos
a ministrarle. Dios es tan celoso por nosotros que se da a conocer por ese
nombre (Ex. 34:14).

Dios desea comunión con nosotros para conversar. A Job le dijo: "Yo te
preguntaré, y tú me contestarás" (Job 38:3). Jehová hablaba con Moisés cara
a cara (33:11). No me pregunte porqué, pero Dios es un parlanchín. "El Dios
de dioses, Jehová ha hablado... Vendrá nuestro Dios y no callará" (Sal.
50:1,3). Dios habla tanto, y es tan poderosa su Palabra, que ha tomado forma
humana (Jn. 1:1). Dios está constantemente hablando y no hay quien se le
pueda resistir (Jer. 20:9, Am. 3:7-8). A todos nos gusta que cuando hablemos
se nos preste atención. A Dios también.

Ministrar a Dios significa acercarnos a Él para convivir, compartir y
conversar. Dios ha provisto acceso, ocasión, motivación y manera de
acercarnos a Él, permanecer en Él, disfrutarlo y ser disfrutado por Él.
Ministrar a Dios significa complacerlo, hacerle a Dios lo que Dios quiere
que le hagamos, y hacer por Dios lo que Él quiere que hagamos. Cuando nos
reunimos en asamblea, nos atañe saber qué se le antoja al Señor. Ya sea como
alabante en la congregación o como director de alabanzas en la plataforma
--cantor, danzor o músico-- nuestra actitud debe ser la de mesero, criado y
sirviente que desea agradar a su amo, señor y rey. ¿Quién le preparará el
baño? ¿Quién lo vestirá? ¿Quién le cocinará la cena? ¿Quién le pulirá las
uñas? ¿Quién le lavará los pies? ¿Quién pondrá la mesa? ¿Quién servirá los
alimentos?

"Hágase tu voluntad." ...Es lo que decimos en la oración. Ésto es lo que
significa ministrar a Dios.

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